CAPÍTULO 3: UNA
VISITA INSOSPECHADA Y EL PRIMER BESO
Cuando
se es niño en un pueblo, existen muchos juegos divertidos que por lo general se
practican en las calles, como el escondite, el yermis, fútbol, béisbol, entre
otros. Mis hermanos y yo éramos muy unidos para ese entonces y solíamos reunirnos
en los andenes con algunos de nuestros vecinos contemporáneos para jugar por horas
hasta que las mamás llegaban a buscarnos.
Fue una
época muy feliz para todos, ya que no había problemas de los que nos tuviéramos
que ocupar, éramos niños y esa era nuestra mayor preocupación. Pensaba que
sería así siempre, o quizá no pensaba a futuro, solo vivía el momento, estaba
estancada en la felicidad de la niñez que no imaginaba que estaba a poco tiempo
de terminar.
A la
edad de doce años recibí una visita que me tomó por sorpresa, desperté una
mañana sintiéndome algo diferente, mi hermana menor Vivian me señalaba y reía,
pero yo no entendía que pasaba, mi madre me tomó del brazo y me llevó corriendo
al baño en donde me mostró ante el espejo una enorme mancha roja impregnada en
la parte posterior de mi pijama, yo quedé perpleja mientras mi madre me
abrazaba y decía:
“Te
felicito, ya eres toda una mujer, recibiste tu primera visita”.
Rompí
en llanto en cuanto comprendí que se trataba de mi primera menstruación, mi
madre trataba de consolarme y yo solo decía “no quiero”, y es que en verdad no quería
dar ese paso, cambiar la forma en que vivía la vida no estaba entre mis planes.
Lo duro
no solo fue aceptar el cambio sino además que todos se enteraran de mi situación,
cosa de la que se encargó mi querida hermana pequeña. ¡Me sentía tan
avergonzada!
Días después
de aquel acontecimiento mis hermanos Fernando e Isabel, los dos mayores que yo,
me invitaron a jugar con ellos y algunos de sus amigos, dijeron que eran
escondidas solo que algo diferente, para “gente más grande” explicaron, así que
descubrí que todo ese cambio corporal que estaba sufriendo, me estaba
introduciendo a la vida adolescente de aquel grupo selecto al que pertenecían los
más grandes.
Y así
empezó, lo primero era que las niñas nos escondiéramos para que los chicos nos
buscaran, todo ello bien planeado pues la idea no era que Fernando nos
encontrara a mi o a Isabel, él iba en busca de la chica que le gustaba, su
nombre era Angélica y entre ellos ya existía una cercanía mayor que la de los
amigos.
Por otra
parte, yo me acurruqué detrás de unos arbustos evitando ser encontrada pues el
miedo comenzó a invadirme, preguntándome quien me buscaría y encontraría y que pasaría
después, pasaron varios minutos y ya estaba pensando que quizá nadie quería que
yo fuese su pareja o que tal vez me había escondido muy bien (cosa que para los
demás no tenía sentido).
Para mí
desdicha, en ese momento, mis piernas se entumecieron y al querer estirarlas
revelé mi ubicación y justo en frente de mi estaba él con su mano extendida ayudándome
a levantar del suelo, tal vez lo imaginaba, era Leonardo, aquel niño tímido,
vecino de al lado, a quien conocía desde muy pequeña, con su piel tan blanca de
pies a cabeza, lo sé porque en alguna de esas ocasiones de juegos y travesuras nos
untamos de estiércol de vaca y nuestros padres nos bañaron desnudos en el patio
trasero de su casa con agua de manguera, pero en ese entonces éramos muy
pequeños y prevalecía la inocencia sin malos pensamientos. Pero este no era el
caso, ya no éramos tan niños, él más que yo sabía que al encontrarme esa
inocencia quedaría de lado.
Así
que pasó, fuimos la última pareja en llegar al sitio de encuentro, todos con
algo de disgusto por la demora, sin embargo, con una dicha nerviosa por lo que venía
después.
Cada uno
tomó a su pareja, Fernando y Angélica, hermana de Leonardo, fueron los primeros
en entrar al círculo, él la tomó de la cintura, la acercó a él y la besó, fue
un beso largo, aunque poco apasionado, sin duda existía la inexperiencia y la
inmadurez.
Al ver
aquella escena, mi temor se hizo más grande, y veía una a una a las parejas que
entraban al círculo a hacer lo mismo, antes de mí, pasó Isabel, ella me mostró
otra faceta que no conocía, pues siempre había sido la hermana seria, centrada,
con poco o nada de gusto por socializar con chicos de su edad, pero ahí estaba,
siendo besada por alguien que en este momento no recuerdo.
Y llegó
mi turno, no sabía si quería o no, estaba ansiosa, pero imaginaba mi primer beso
diferente, no con alguien en especial, pero sí de la forma en que mamá siempre
lo describió, con alguien importante, en una noche estrellada y con la luna
como única cómplice, así precisamente y no ante los ojos de tanta gente y mucho
menos mis hermanos. Pero ya no había vuelta de hoja, ese era el momento, y ya
era tarde para arrepentimientos.
Él tomó
mi mano y me condujo al frente, su rostro se posó ante mí, su mano delicada
tocó mi cintura algo descubierta y mi cuerpo se erizó completamente, cerré mis
ojos y de repente sentí sus labios en los míos, lo abracé y acaricié un poco su
cabello y sentí la necesidad de despegar lentamente mis labios y meter mi
lengua dentro de su boca; él me correspondió haciendo lo mismo. Lo separé
de mi cuerpo con una mano, luego acaricie mis labios y agache la mirada. Él me
miró, se sonrojó y me dijo:
“Gracias”.
Mi primer
beso, duró algo menos de medio minuto, pero quedó en mi memoria para toda la
vida.