miércoles, 4 de enero de 2017

CAPÍTULO 3: UNA VISITA INSOSPECHADA Y EL PRIMER BESO

CAPÍTULO 3: UNA VISITA INSOSPECHADA Y EL PRIMER BESO


Cuando se es niño en un pueblo, existen muchos juegos divertidos que por lo general se practican en las calles, como el escondite, el yermis, fútbol, béisbol, entre otros. Mis hermanos y yo éramos muy unidos para ese entonces y solíamos reunirnos en los andenes con algunos de nuestros vecinos contemporáneos para jugar por horas hasta que las mamás llegaban a buscarnos.

Fue una época muy feliz para todos, ya que no había problemas de los que nos tuviéramos que ocupar, éramos niños y esa era nuestra mayor preocupación. Pensaba que sería así siempre, o quizá no pensaba a futuro, solo vivía el momento, estaba estancada en la felicidad de la niñez que no imaginaba que estaba a poco tiempo de terminar.

A la edad de doce años recibí una visita que me tomó por sorpresa, desperté una mañana sintiéndome algo diferente, mi hermana menor Vivian me señalaba y reía, pero yo no entendía que pasaba, mi madre me tomó del brazo y me llevó corriendo al baño en donde me mostró ante el espejo una enorme mancha roja impregnada en la parte posterior de mi pijama, yo quedé perpleja mientras mi madre me abrazaba y decía:
           
“Te felicito, ya eres toda una mujer, recibiste tu primera visita”.

Rompí en llanto en cuanto comprendí que se trataba de mi primera menstruación, mi madre trataba de consolarme y yo solo decía “no quiero”, y es que en verdad no quería dar ese paso, cambiar la forma en que vivía la vida no estaba entre mis planes.

Lo duro no solo fue aceptar el cambio sino además que todos se enteraran de mi situación, cosa de la que se encargó mi querida hermana pequeña. ¡Me sentía tan avergonzada!

Días después de aquel acontecimiento mis hermanos Fernando e Isabel, los dos mayores que yo, me invitaron a jugar con ellos y algunos de sus amigos, dijeron que eran escondidas solo que algo diferente, para “gente más grande” explicaron, así que descubrí que todo ese cambio corporal que estaba sufriendo, me estaba introduciendo a la vida adolescente de aquel grupo selecto al que pertenecían los más grandes.

Y así empezó, lo primero era que las niñas nos escondiéramos para que los chicos nos buscaran, todo ello bien planeado pues la idea no era que Fernando nos encontrara a mi o a Isabel, él iba en busca de la chica que le gustaba, su nombre era Angélica y entre ellos ya existía una cercanía mayor que la de los amigos.

Por otra parte, yo me acurruqué detrás de unos arbustos evitando ser encontrada pues el miedo comenzó a invadirme, preguntándome quien me buscaría y encontraría y que pasaría después, pasaron varios minutos y ya estaba pensando que quizá nadie quería que yo fuese su pareja o que tal vez me había escondido muy bien (cosa que para los demás no tenía sentido).

Para mí desdicha, en ese momento, mis piernas se entumecieron y al querer estirarlas revelé mi ubicación y justo en frente de mi estaba él con su mano extendida ayudándome a levantar del suelo, tal vez lo imaginaba, era Leonardo, aquel niño tímido, vecino de al lado, a quien conocía desde muy pequeña, con su piel tan blanca de pies a cabeza, lo sé porque en alguna de esas ocasiones de juegos y travesuras nos untamos de estiércol de vaca y nuestros padres nos bañaron desnudos en el patio trasero de su casa con agua de manguera, pero en ese entonces éramos muy pequeños y prevalecía la inocencia sin malos pensamientos. Pero este no era el caso, ya no éramos tan niños, él más que yo sabía que al encontrarme esa inocencia quedaría de lado.

Así que pasó, fuimos la última pareja en llegar al sitio de encuentro, todos con algo de disgusto por la demora, sin embargo, con una dicha nerviosa por lo que venía después.

Cada uno tomó a su pareja, Fernando y Angélica, hermana de Leonardo, fueron los primeros en entrar al círculo, él la tomó de la cintura, la acercó a él y la besó, fue un beso largo, aunque poco apasionado, sin duda existía la inexperiencia y la inmadurez.

Al ver aquella escena, mi temor se hizo más grande, y veía una a una a las parejas que entraban al círculo a hacer lo mismo, antes de mí, pasó Isabel, ella me mostró otra faceta que no conocía, pues siempre había sido la hermana seria, centrada, con poco o nada de gusto por socializar con chicos de su edad, pero ahí estaba, siendo besada por alguien que en este momento no recuerdo.

Y llegó mi turno, no sabía si quería o no, estaba ansiosa, pero imaginaba mi primer beso diferente, no con alguien en especial, pero sí de la forma en que mamá siempre lo describió, con alguien importante, en una noche estrellada y con la luna como única cómplice, así precisamente y no ante los ojos de tanta gente y mucho menos mis hermanos. Pero ya no había vuelta de hoja, ese era el momento, y ya era tarde para arrepentimientos.

Él tomó mi mano y me condujo al frente, su rostro se posó ante mí, su mano delicada tocó mi cintura algo descubierta y mi cuerpo se erizó completamente, cerré mis ojos y de repente sentí sus labios en los míos, lo abracé y acaricié un poco su cabello y sentí la necesidad de despegar lentamente mis labios y meter mi lengua dentro de su boca; él me correspondió haciendo lo mismo. Lo separé de mi cuerpo con una mano, luego acaricie mis labios y agache la mirada. Él me miró, se sonrojó y me dijo:

            “Gracias”.

Mi primer beso, duró algo menos de medio minuto, pero quedó en mi memoria para toda la vida.  


CAPÍTULO 2: NUNCA TE OLVIDARÉ

CAPÍTULO 2: NUNCA TE OLVIDARÉ


Yo, una niña tímida, con talento para el arte, pero sin una gota del sentido de la moda y sin conocimiento alguno de lo que era la ciudad y sus demonios, vivía en un pueblo de verdes paisajes y mujeres de relicarios y bocas grandes, ésta Verona colombiana con sus típicas calles de herradura y casonas floreadas fue el escenario perfecto para más de una historia de amor, sexo y aventura.

Siendo tan solo una niña y estando en la escuela, sentía atracción por aquel chico de ojos marrones y rosada piel y conforme pasaban los años era el mismo niño el que despertaba en mi todo este tipo de sentimiento. Felipe, quien compartió conmigo casi toda la primaria nunca notó mi existencia, pero yo vivía suspirando por él, al punto de que cuando lo veía en la calle mis piernas no me respondían quedando inmóvil teniéndome que sostener del brazo de alguna de mis hermanas, las “Mercurio” de esta historia.

Este niño quien sería mi Romeo platónico por muchos años era mi inspiración para mis mejores dibujos, escritos y jueguitos de amor que se inventaban en la época, yo soñaba despierta imaginando mi primer beso, un abrazo, un noviazgo, pero quizá ninguna de estas cosas pasaría con él porque yo era invisible a sus ojos, además Sofía la hija de la maestra estaba fijada en él, ¿quién competía contra ella?, piel y ojos claros, bien vestida y bien peinada, todo lo suyo era la última moda. Felipe la molestaba, le halaba el pelo, se reía con ella, los dos eran personas “populares”.

Pero como la vida es muy diferente a lo que nosotros imaginamos, un día preparando todo para la despedida de primaria, Felipe y yo nos quedamos solos en el salón de clases y pasó algo inesperado por lo que ese primer amor toma importancia en esta historia.

Él estaba sentado en una esquina del salón escribiendo algo en un cuaderno y yo me encontraba de pie frente a mi maleta buscando algo que ni sabía que era pues los nervios me mataban, cuando de repente escuché su suave voz cantando algo muy sonado en ese tiempo:

            “…Pueden pasar tres mil años…”
Como por arte de magia mis labios se abrieron y de repente:
            “…puedes besar otros labios…”
-- “Pero nunca te olvidaré…” Continuó él.

Las mariposas de mi barriga al parecer se infartaron de tan grande emoción y yo solo quedé fría y muda y me dispuse a salir huyendo de allí, no sé qué pasó por mi cabeza en ese momento, pero no quise estar más ahí, cuando llegaba a la puerta el me detuvo y me entregó la hoja del cuaderno en la que escribía, la tomé en mis manos, y leí aquella pregunta:

            ¿Quieres ser mi novia?

Mi reacción fue la menos esperada, yo estaba en shok y a esa pregunta tan anhelada mi respuesta fue un rotundo NO. Tome el papel lo metí en el bolsillo de la jardinera y salí de ahí prácticamente empujándolo para abrirme paso, mis manos templaban congeladas y sentía un vacío enorme en el estómago, pero sin lugar a dudas fue la mejor respuesta, no estaba preparada para eso y seguro en casa mi padre me reprendería si se enterara de que tenía novio a mis 9 años.

Sin embargo, ese momento fue único, lo guardé solo para mí, al igual que aquel papel con corazones pintados y mi primera declaración de amor.


Por Felipe descubrí que el amor no siempre llega de la manera que soñamos, yo me sentía un cero a la izquierda y resultó que no era así, nunca sabré que tanto pensaba o sentía él o desde que momento pasó ya que nunca lo demostró y jamás le pregunté. Pero algo si me quedó claro, yo no era la niña fea que pensaba y con todo lo que yo era y siendo yo misma podía conseguir lo que me propusiera, desde entonces mis sueños fueron algo más grandes. 

CAPÍTULO 1. GRACIAS MADRE

CAPÍTULO 1.  GRACIAS MADRE


En mi historia de amor conocí a mi Romeo, y a un segundo y hasta a un tercero y soy sincera al decir que me enamoré de unos más que de otros, en realidad de uno más que de los demás.

¿Y a quién le interesa? Pues te diré que me interesa a mí y tal vez a mi madre. A ti quizá no, pues no sabes quién soy. Pero si te lo preguntas, mi nombre es Julieta, aunque no lo creas y si, tienes razón, no es coincidencia, sucede que mi madre es fiel admiradora de la novela de Shakespeare.

Y bueno, el nombre será en lo único en que concordamos ella y yo, pues no sé cómo era físicamente, pero lo más probable es que no haya sido como yo, de cabellos largos y negros, tez trigueña y ojos marrones, no lo creo, la verdad me la imagino diferente.


Ahora con mis treinta años doblo en edad a la tan afamada Julieta puesto que yo no me suicidé cuando mi primer amor dejó de ser parte de mi vida y es por ello que tengo una historia amorosa un tanto más larga que la de mi querida homónima y a quienes interese aquí la voy a relatar.

martes, 3 de enero de 2017

LOS AMORES DE JULIETA: PRÓLOGO DEL AUTOR

LOS AMORES DE JULIETA 


PRÓLOGO DEL AUTOR

La historia de Romeo y Julieta escrita por William Shakespeare en 1597, narra la tragedia de amor de dos adolescentes que, ante la imposibilidad de estar juntos, terminan suicidándose. Esta historia de amor puro nos hace pensar que encontrar a esa persona indispensable para vivir resulta un sueño imposible y quizá tengamos que conformarnos con los “Paris” que aparecen en nuestro camino. Sin embargo, ¿quién nos asegura que no hayamos estado frente a nuestro Romeo y lo hayamos dejado ir? Quizá la vida se encarga de que así sean las cosas, porque al fin de cuentas ¿cómo hubiera sido la historia de Romeo y Julieta si al final hubieran logrado estar juntos? ¿No habría peleas, corazones rotos, infidelidades, suegros asfixiantes, belleza interrumpida u otros de los tantos males que terminan con el amor y convierten a las relaciones en simples costumbres o separaciones inminentes? Eso es algo que no sabremos, porque la maravillosa novela que nos comparte Shakespeare es la que ya la mayoría hemos leído y que nos encanta tal y como es, es por ello que no me enfocaré en criticar ninguno de sus actos.

El punto de este otro escrito es analizar al amor desde otra perspectiva ya que cuando encontramos a esa persona a quien entregarle el corazón, nos topamos con ese periodo de enamoramiento en el que todo es color rosa y subjetivamente perfecto, entonces nacen los “te amo”, “no puedo vivir sin ti”, “moriría si te pierdo”, etc. Pero qué pasa cuando por algún motivo la relación termina: ¿morimos en verdad, no nos volveremos a enamorar, no encontraremos a otra persona que nos haga sentir lo mismo y no volveremos a decir las mismas palabras? Es estúpido pensar que así será y que nuestra vida acaba junto con la relación; ciertamente nadie muere de amor, algún día el dolor se va, el duelo de la perdida se supera y después de un tiempo todo pasa al olvido. Lo más irónico viene después cuando conocemos a alguien más y volvemos a pensar exactamente lo mismo y lo seguimos creyendo una y otra vez, hasta que acabamos nuestra vida al lado de alguien probablemente muy diferente al primer amor, al primer Romeo.